A menudo son muchas las dudas que nos asaltan a la hora de calzar a nuestros peques. En este artículo vamos a intentar aclararlas explicando el por qué de nuestros argumentos.

Lo primero que debemos tener presente es que el calzado debe cumplir únicamente dos funciones: abrigar el pie cuando haga frío y protegerlo si va a pisar suelos que lo puedan dañar o ensuciar. Es decir, un bebé que aún no camina solo y fuera de casa NO DEBE LLEVAR CALZADO. No son necesarios zapatos “pregateo”. Lo mejor para el pie del bebé es ir descalzo el mayor tiempo posible. Hasta que no camine, si hace frío, podemos ponerle calcetines antideslizantes. El zapato en este período es meramente decorativo y por usarlo de vez en cuando no pasa nada, pero limita los movimientos y sobre todo, la estimulación sensitiva de los pies. En los primeros meses de vida, los pies, ricos en terminaciones sensitivas, son un medio a través del cual el bebé explora el mundo exterior y recibe estímulos que llegan a su cerebro y ayudan a su desarrollo. A través del movimiento el/la niño/a va creando conexiones y desarrollando su sistema nervioso, por lo que cualquier elemento que lo limite es poco recomendable.

Cuando nuestro/a peque empiece a ponerse de pie por sí solo/a (recordad que nosotros no debemos estimularlo ni ponerlo de pie, si no esperar a que esté preparado/a y lo haga él/ella solo/a, como os contamos en este otro artículo), si estamos dentro de casa lo mejor es que esté descalzo. Si hace frío, podemos ponerle calcetines antideslizantes.

Cuando ya camine solo/a, para salir de casa lo mejor son zapatos que cumplan tres características principales:

* Que sean ligeros.

* Que se puedan doblar fácilmente (hacia arriba).

* Que no le cubran el tobillo (los huesecillos que se pueden palpar a los lados del tobillo deben quedar libres).

No es necesario que tengan refuerzos laterales, o plantillas especiales para la formación del arco plantar (el pie del niño tiene apariencia plana hasta los 3 años aproximadamente y se considera normal), ni punteras, ni suelas de grosores especiales.

No es recomendable el uso de botitas “que le sujeten el tobillo”, como se suele decir a menudo. Es más, este tipo de calzado resulta contraproducente, ya que inmoviliza la articulación, impidiendo su correcto desarrollo y facilitando su inestabilidad futura. Es necesario que el pie y el tobillo se “acostumbren” a la deambulación, que se les solicite caminando por terreno irregular, de esta manera se entrenan los mecanismos de estabilización y se fortalecen los músculos y ligamentos.

La manera de caminar de nuestro peque no debe variar cuando le ponemos el zapato. Además, es muy importante tener en cuenta que los zapatos ¡NO SE HEREDAN! Un zapato usado se deforma según el patrón de la marcha de cada niño/a, por lo que no es apto para ser usado por otra persona.

¿Y qué marca comprar? Cualquiera que cumpla las condiciones que hemos comentado, aunque a título personal, como madre, os diré que no es necesario gastarse un dineral en el calzado de nuestro/as hijo/as. Tened en cuenta que es fácil que el peque cambie de zapato mínimo 2 o 3 veces al año porque se le quede pequeño o porque lo destroce en los parques cuando sea un poco más mayor (porque ¡sí! Es recomendable ir al parque o al campo todos los días que el tiempo lo permita). Hoy en día podemos encontrar calzado de calidad, de piel, hecho en España y a precios muy razonables.

Os recomiendo un estudio muy interesante sobre este tema, ya el título lo dice todo: “Podología preventiva: niños descalzos igual a niños más inteligentes”

Como siempre, si hay algo que no te ha quedado claro o crees que tu hijo/a puede tener alguna alteración en la marcha o el apoyo del pie, no dudes en consultar con nosotros o con otro profesional especializado en pediatría.